- Por Israel Campusano Lobos, exseremi de Seguridad Pública de La Araucanía.

Cada cierto tiempo, un hecho de violencia escolar irrumpe en la discusión pública y produce la misma reacción: sorpresa, indignación y, casi de inmediato, la búsqueda de responsables.
Entonces aparece una pregunta que parece razonable, pero que en realidad es engañosa: ¿es esto culpa de la familia o del Estado?
Es engañosa porque supone que se puede elegir. Como si la formación de un niño fuera una tarea que uno puede reemplazar cuando el otro falla, pero la experiencia muestra algo distinto: cuando uno falla, el otro rara vez alcanza; y cuando ambos fallan, el resultado no es incierto, es predecible.
No todos los niños crecen en familias capaces de contenerlos. Algunos lo hacen en medio del abandono, la violencia o el consumo. Otros, sencillamente, sin red alguna. Ahí no hay reemplazo posible hay ausencia y esa ausencia no es solo un problema individual. Es un fracaso colectivo.
La familia es el primer espacio de formación, pero no siempre puede cumplir ese rol y cuando no lo hace, el problema deja de ser privado y se vuelve político. Aquí el Estado debería anticiparse. Pero lo que se observa es otra cosa: llega tarde, reacciona más de lo que previene y muchas veces actúa cuando el problema ya estalló. Cuando eso ocurre, el vacío no se mantiene neutro: se llena de riesgo.
A esto se suma un elemento que todavía incomoda: algunos hechos de violencia no solo impactan, también se replican. La criminología lo ha descrito como copycat effect, contagio conductual y difusión mediática, junto al efecto Werther. No es que la violencia se cree desde fuera. Pero sí puede hacerse posible para quien ya estaba al borde y cuando eso ocurre en jóvenes sin contención, el problema deja de ser individual y empieza a multiplicarse.
Pero no todos los casos son iguales. En algunos establecimientos hay algo más profundo: una escalada que pasa de la indisciplina a la violencia grave, y en ciertos casos, la entrada de dinámicas delictuales. En este escenario, ya no estamos hablando solo de convivencia. Estamos hablando de seguridad.
Eso exige otro tipo de respuesta. No solo pedagógica, sino también preventiva y de control. Experiencias como el programa Educa y Protege en Temuco apuntan en esa dirección: intervenir antes, identificar riesgos y actuar sobre el entorno. Claro que no es una solución total, pero cambia la lógica: no esperar el delito, sino evitar que ocurra.
El problema es que seguimos discutiendo esto como si fuera simple. Como si bastara con elegir entre familia o Estado, pero la realidad es otra: hay niños sin red, instituciones que llegan tarde y entornos donde la violencia puede escalar e incluso replicarse.
En ese contexto, lo que ocurre no debería sorprender porque la violencia escolar no aparece de la nada. Se forma en el abandono, crece en la falta de control y, a veces, se activa cuando alguien muestra que se puede hacer. No es sorpresa. Es consecuencia.