- Por Israel Campusano, seremi de Seguridad Pública de La Araucanía

Hay momentos en que un país se mide de verdad. No es en los aplausos fáciles ni en los discursos encendidos del Parlamento, tampoco en los titulares que cambian con la urgencia del día a día. La verdadera medida de un país está en su capacidad para hacerse cargo de aquello que parece sencillo y, sin embargo, resulta decisivo: dar seguridad. Seguridad a sus ciudadanos y también a quienes lo visitan. Eso fue lo que vimos en La Araucanía durante el Encuentro Internacional de Geoparques.
En una región que suele ser acentuada más por la violencia que por sus bellezas naturales, se levantó un operativo como pocas veces hemos visto. Veinte buses monitoreados en tiempo real. Patrullajes reforzados de Carabineros y de la PDI. Apoyo del Ejército. Escoltas especiales para las delegaciones. Medios aéreos en alerta. Y, sobre todo, algo que pocas veces logramos con esta claridad: la coordinación entre municipios, servicios públicos y la Jefatura de Defensa Nacional. Eso no es solamente logística. Eso es la expresión viva de que el Estado, cuando hay cooperación, puede actuar como un todo y estar a la altura de los grandes desafíos que impone el mundo sin descuidar el día a día.
Quiero subrayar algo más. Todo esto ocurrió un 11 de septiembre, una fecha cargada de simbolismo, de memorias y de heridas. Y fue en ese día, precisamente, cuando mostramos una imagen distinta: la de un país que aprendió de su historia y que entiende que sin seguridad no hay democracia que pueda sostenerse. La democracia no se construye solo con derechos garantizados en el papel, sino con certezas básicas que se hacen realidad en la vida cotidiana.
El Encuentro de Geoparques dejó, por cierto, imágenes de volcanes majestuosos y de comunidades cordilleranas que acogieron a delegados de más de cincuenta países. Pero dejó, además, un recordatorio que no podemos soslayar: la seguridad no se improvisa. No es un gesto ocasional. Es una política de Estado que se edifica sumando la experiencia civil, militar, los gobiernos locales, la autoridad nacional, la prevención y la acción decidida.
En estos días, Chile —tan atrapado en discusiones interminables sobre la inseguridad— mostró que es capaz de garantizar paz y orden incluso en un escenario de máxima complejidad. La Araucanía, tantas veces reducida a un problema, se convierte en la vitrina de lo que podemos lograr cuando la seguridad se expresa en acción concreta y no en promesa postergada.
Porque, conviene recordarlo, la seguridad no se mide en armas ni en blindados, sino en la confianza que un país inspira, incluso en medio de sus fragilidades.