- Por Carlos Andrés Domínguez Scheid, abogado y académico de Derecho Civil.

Tras la primera vuelta y la elección parlamentaria, la probabilidad de que José Antonio Kast gane la presidencia de la República es muy alta. La suma de su votación con la de Johannes Kaiser y Evelyn Matthei supera el 50%. Por supuesto, las elecciones hay que ganarlas y Jeanette Jara también tiene alguna posibilidad.
El gobierno de Boric ha sido repudiado por la ciudadanía. Como Presidente, a duras penas ha mantenido un 30% de apoyo y la candidata de su coalición, una ex ministra de su gobierno, apenas logró superar el 26% de los votos.
A pesar de que todas las encuestas, análisis y cobertura se concentraron en la elección presidencial, en una democracia constitucional el presidente tiene contrapesos. En el caso de Chile, las leyes son discutidas y aprobadas en el Congreso. Un presidente sin mayoría en el Congreso no podrá ejecutar los cambios que necesiten ser aprobados mediante leyes.
Como nunca antes desde el retorno de la democracia, la derecha había tenido una mayoría social. Ese 70% que reprueba al gobierno de Gabriel Boric, ese 62% que rechazó la primera propuesta de constitución y ese 51% que ha votado por candidatos presidenciales inequívocamente de derecha, auguraban que esa mayoría tendría un correlato en el Congreso. Franco Parisi también se ubicó en la oposición al gobierno, aunque, como ocurrió en la segunda vuelta de 2021 y luego con varios de los diputados que se descolgaron del PDG durante esta legislatura, sus votantes pueden oscilar tanto hacia la derecha cuanto hacia la izquierda.
Sin embargo, a pesar de esta realidad social y de que en esta elección se elegían senadores en regiones que tradicionalmente prefieren a la derecha, como el Maule y la Araucanía, para ese sector el balance de poder tras las elecciones parlamentarias es triste y dibuja un escenario de parálisis simétrica en el Congreso. Pero esta fragmentación no es producto del azar; es el resultado directo de un error estratégico. La derecha, al competir en dos listas separadas, no solo fracasó en alcanzar una mayoría: literalmente la regaló.
Y digo la derecha porque en los números se observa que el electorado no percibe diferencias significativas entre los proyectos de los partidos que apoyaron a Kast, Kaiser y Matthei. Se observa un gran trasvasije de votos entre la elección de diputados y la presidencial. Estos son los números. José Antonio Kast obtuvo 3.097.717 votos. Él era el candidato a presidente declarado por el partido republicano, que obtuvo 1.408.388 votos y por el partido socialcristiano, cuyos candidatos recibieron 359.110. José Antonio Kast recibió 1.330.219 más votos que los partidos que lo apoyaron. En el caso de Johannes Kaiser la diferencia es aún mayor. El era el candidato del Partido Nacional Libertario. Kaiser fue votado por 1.804.773 electores. Los candidatos de su partido, sólo por 672.250. Kaiser casi triplicó la votación de su partido, recibiendo 1.132.523 de votos más. En el caso de Evelyn Matthei la situación es inversa. Ella fue votada por 1.613.797 personas, y los partidos que la tenían como candidata presidencial (RN, UDI, Evopoli, Demócratas y Amarillos) sumaron 2.319.313 votos. Hubo 705.516 personas que votaron por los partidos que apoyaban a Evelyn Matthei, pero no por ella.
El análisis de la votación cruzada revela que las fronteras ideológicas dentro de la derecha fueron percibidas como líquidas y permeables por el electorado, validando la premisa de que no existían diferencias programáticas insalvables entre los proyectos de Kast, Kaiser y Matthei. La evidencia más clara es el masivo «trasvasije» de votos: mientras Evelyn Matthei sufrió una «fuga» de más de 700.000 electores que, si bien apoyaron a los partidos de su coalición, la abandonaron en la papeleta presidencial, Kast y Kaiser demostraron un arrastre personal arrollador. El discurso de estos últimos actuó como un imán, atrayendo en conjunto más de 2.4 millones de votos «extra» que no pertenecían a sus listas parlamentarias. Este fenómeno, donde el votante tradicional de partidos como RN o la UDI no tuvo reparos en cruzar su voto hacia Kast o Kaiser, confirma que el atractivo personal fue el principal motor de decisión, por encima de la lealtad a la marca o al proyecto específico del partido. A eso se debe sumar que muchos electores pueden haber votado por Kast o por Kaiser y luego haber anulado o dejado en blanco su voto para diputados.
Esta liquidez en la derecha se observa con nitidez en la elección de diputados en la Araucanía. Los partidos que apoyaban a Evelyn Matthei recibieron 216.908 votos, y ella, solo 68.896. Es altamente probable que esos 148.012 votos hayan ido para Kast o para Kaiser, quienes, tal como a nivel nacional, también superaron con creces el rendimiento de sus partidos.
En el caso de Jeanette Jara los partidos que la apoyaban recibieron 3.979.266 votos a nivel nacional en la elección de diputados, y ella, 3.476.615. De todas las candidaturas es la que registró la menor diferencia entre ambas elecciones. Un mérito del oficialismo es que ha mostrado una vocación de poder notable. Eso es la política: Tratar de ganar elecciones para concretar todo lo que sea posible. En la derecha ha primado un esfuerzo por tener la razón y dejar mal al otro. ¿O acaso las diferencias ideológicas entre un nacional libertario y un evopoli son mayores a las que hay entre un democratacristiano y un comunista?
En un escenario de gran liquidez dentro de la derecha, con proyectos políticos cuyas fronteras aparecen como fruto de divisiones partidarias en lugar de grandes diferencias ideológicas, la decisión de dividir sus votos la hizo perder tres senadores en las regiones de Atacama, la Araucanía y el Maule. En Atacama, una lista unida de la derecha y la centroderecha habría obtenido un 32,51%, mucho más que lo necesario para evitar el doblaje del oficialismo, que obtuvo el 52,96% de los votos. En el Maule, una lista unida habría obtenido el 52,18%, contra el 23,37% del oficialismo. Con eso el resultado en senadores habría sido de 4-1 para la oposición, en lugar del 3-2 que se dio el domingo. Y en la Araucanía, una lista unida de centro y derecha habría obtenido el 56,04%, suficiente para ganar cuatro senadores contra uno del oficialismo y su 27,86%. Estos senadores perdidos van a penar durante ocho años, en este gobierno y el próximo.
El resultado es que, en lugar de la mayoría absoluta de 26 escaños que sus votos podrían haberles dado en unidad, el bloque pro-Kast (Republicanos, Chile Vamos, Libertarios e independientes) se queda con solo 23 senadores.
El oficialismo, por su parte, se ha quedado con 22 senadores. Los 5 senadores restantes conforman un grupo heterogéneo y políticamente complejo. Entre ellos se encuentran Fabiola Campillai, una independiente de izquierda, y Karim Bianchi, quien se ha alineado con el gobierno de Boric. A ellos se suma Matías Walker, de Demócratas, un ex DC que pasó a la oposición en el fragor del primer debate constitucional. También figura Enrique Lee, electo como independiente por Demócratas (Lista de Chile Vamos) y con un pasado en la centroderecha. Finalmente, cierra el grupo Miguel Ángel Calisto, otro ex DC y ex Demócratas, quien, tras el veto de la UDI para competir por Aysén, ganó su escaño en la lista de la Federación Regionalista Verde Social, partido que apoya a Jeanette Jara.
Si la derecha y la centroderecha hubiesen competido en una sola lista, como se les pidió encarecidamente desde la sociedad civil afín a ese sector, el resultado habría sido totalmente diferente. José Antonio Kast, en caso de ser presidente, habría tenido una mayoría clara de 26 senadores, militantes de partidos que lo apoyan.
Sin embargo, debido a las miserias de la ambición política, su propio sector se encargó de boicotear esa mayoría. Con esta composición del Senado, para aprobar cualquier ley, un eventual gobierno de Kast necesitaría no solo los dos votos de Demócratas (Walker y Lee), sino también sumar a un senador elegido por la lista del actual oficialismo, como Calisto. Este es un escenario de gobernabilidad imposible.
En el caso de Jeanette Jara, ella entraría al gobierno con el apoyo declarado de 22 senadores, más Fabiola Campillai. Quizás Karim Bianchi seguiría apoyando a la izquierda. Y necesitaría el voto de los Demócratas y de Calisto para poder aprobar un proyecto de ley importante.
La situación de Calisto merece un párrafo aparte. Ex DC, ex Demócratas, era carta segura para el Senado. Fue vetado por Chile Vamos debido a que está siendo investigado por fraude al fisco. Si finalmente es condenado y destituido, habrá que ver qué ocurre con su reemplazo, ya que la regla dispone que el reemplazante será designado por el partido que lo presentó (FRVS), pero, en este momento, dicho partido tiene riesgo de desaparición. Ya veremos qué ocurre si ese llega a ser el caso.
En la Cámara de Diputados nadie tiene mayoría. El bloque de derecha suma 74 escaños, a cuatro votos de la mayoría absoluta (78), mientras que el bloque de izquierda alcanza los 64. El PDG, con 14 escaños, y otros 3 diputados (incluyendo la de Demócratas) completan la Cámara. Esto significa que la agenda legislativa de la derecha dependerá de sumar votos del PDG y otros, por lo que ni Kast ni Jara podrán aprobar leyes sin hacer concesiones.
Irónicamente, la propia derecha ha fabricado un Congreso que le impide gobernar, en caso de que gane la presidencia de la República. Y es aquí donde el debate debe volver a lo esencial.
Ante la imposibilidad matemática de impulsar grandes transformaciones legislativas, el próximo Presidente se verá forzado a un realismo constitucional. Estará obligado a negociar, es decir, ganar puntos a cambio de ceder otros. Esa es exactamente la misma práctica que las candidaturas de Kast y Kaiser consideraron terrible durante la reforma previsional aprobada en el gobierno de Boric con votos de Chile Vamos.
La Constitución, en su Artículo 24, es clara: «El gobierno y la administración del Estado corresponden al Presidente de la República…».
Históricamente, los últimos gobiernos (Bachelet, Piñera, Boric) han caído en la trampa de prometer reformas estructurales (pensiones, salud, tributarias) que mueren o se diluyen en un Congreso en el que ni Kast ni Jara contarán con una mayoría confiable.
Ante la realidad de un congreso fragmentado, surge la posibilidad de que el próximo gobierno, en un ejercicio de sabiduría y realismo, opte por enfocarse en la administración, porque simplemente no tendrá la fuerza para concretar grandes promesas legislativas.
Un Presidente sin control del Congreso no debe ser sinónimo de parálisis, sino que presenta la posibilidad de un cambio de enfoque. La clave no está en forzar reformas inviables, sino en priorizar la buena administración.
Esto significa optimizar recursos, mejorar la eficiencia de los servicios públicos y ejecutar las políticas vigentes. Para regiones como La Araucanía, cansadas de promesas incumplidas, esto podría significar un progreso real: mejor coordinación para la seguridad, inversión en infraestructura y una gestión proactiva que no dependa de nuevas leyes.
Un Presidente que asuma su rol administrativo con seriedad puede lograr avances concretos, como reducir los tiempos de espera en salud o mejorar la calidad educativa. El realismo constitucional no es resignación, sino madurez política.
La derecha, por un error de cálculo, se quitó a sí misma la mayoría que le habría podido aprobar sus reformas. En un escenario de gobierno sin mayoría en el congreso se presenta una nueva oportunidad de ejercer la racionalidad política que tanto falló en las dirigencias que decidieron competir en dos listas separadas: Enfocarse en administrar de buena manera el gobierno. Quizás ha llegado la hora de valorar la gestión por sobre la retórica.